.

Podría haber empezado este artículo con alguno de los argumentos que utilizan regularmente los críticos de la astrología, pero he preferido no hacerlo por dos razones: Primero, que así como los que se declaran en contra de este tipo de superstición deben estar cansados de repetirlas, también los que se declaran a favor deben estar hartos de escucharlas. Segundo, que para la mayoría de estos argumentos los astrólogos y sus seguidores tienen respuestas que encajan con su sistema y, como es este un sistema del cual yo desconozco prácticamente todo, prefiero no hacer alarde de mi ignorancia planteando como firmes argumentos fácilmente rebatibles. Por eso no acusaré a la astrología de ese modo. Es más, le pediré que imagine que las predicciones hechas por la pseudociencia de la que aquí se habla son infalibles.
¿Infalibles? ¿Cómo? ¿Y entonces por qué el horóscopo de cada uno de los diarios o revistas que lee dice una cosa distinta y de todas esas suele no cumplirse ninguna? Ah, lo que usted no sabe es que la culpa no es de la astrología, sino de los astrólogos: ¡vienen equivocándose desde hace siglos, siempre por la misma razón! Pero cuidado, no se vaya a enojar con ellos así de rápido, que es posible que también usted tenga la misma brecha en su educación: ¿Acaso le enseñaron en la escuela que el planeta Tierra tenía dos movimientos, rotación y traslación? Si es así, a usted le enseñaron mal: lo cierto es que tiene muchos más, entre ellos el de
precesión (balanceándose arriba y abajo mientras gira, como un trompo).
Sabrá usted, y si no lo sabe se lo cuento, que, para determinar cuál es su signo zodiacal, debería fijarse por cuál de las constelaciones del Zodíaco pasaba el Sol cuando usted nació. Si llegó a este mundo un 23 de octubre, por ejemplo, ¿de qué signo es? Si ha respondido Escorpio, entonces le ruego que me explique cómo demonios ha conseguido mantenerse vivo durante tanto tiempo: Sucede que las constelaciones que conforman el Zodíaco son aquellas que están ubicadas sobre la
Eclíptica (que, vista desde la Tierra, corresponde a la circunferencia que parece recorrer el Sol a lo largo de un año, sobre el fondo de las estrellas aparentemente fijas). Su signo del Zodíaco indica sobre qué constelación, entre las que atraviesan la Eclíptica, se encuentra el Sol en el momento de su nacimiento. El problema con esto es que la información de la que nos proveen los astrólogos es un tanto anticuada: la correspondencia entre franjas del año y signos del Zodíaco estaba muy bien cuando la se determinó por primera vez, hace alrededor de 3000 años. Debido al movimiento de precesión de la Tierra, sin embargo, esa relación no se mantiene igual con el paso del tiempo, sino que se va desplazando hasta volver a su posición inicial al cabo de aproximadamente 26000 años. Así, si usted nació un 23 de octubre, pero un 23 de octubre de algún momento entre el siglo XX y lo que va del siglo XXI, en la fecha de su nacimiento el Sol pasaba por la constelación de Libra, no por la de Escorpio. De este modo, aun si las predicciones hechas por la astrología para cada signo zodiacal fueran correctas, todas ellas estarían desplazadas un signo.
Además, como si esto no fuera suficiente, parece que la mayoría de los astrólogos contemporáneos también se ha olvidado de incluir a las constelaciones de Ofiuco y Cetus en sus cálculos: ubicadas sobre la línea de la Eclíptica (entre Escorpio y Sagitario y entre Piscis y Aries, respectivamente), no veo ninguna buena razón para que no se las incluya en los horóscopos.
A pesar de todo eso y de muchísimas razones más, la proporción de individuos que continúan creyendo en la astrología es descomunal. Es más, no me extrañaría nada que más de uno de mis lectores (porque a pesar de mi escepticismo para con la superstición, tengo fe en que algún que otro lector debe haber) sea un fiel seguidor del horóscopo de algún diario o revista. Si cree usted que, a pesar de todo lo enunciado anteriormente, la próxima edición de las predicciones de Ludovica Squirru le dirá todo lo que necesita saber para solucionar sus problemas, le invito a explicarme por qué. Y digo más, si es usted alguno de mis conocidos y tiene algo realmente interesante que contarme sobre el tema, lo invito a comer y lo charlamos de forma más amena. Ahora sí, si me pide usted que le pase la sal, ¡no crea que voy a evitarle la mala suerte apoyándola sobre la mesa antes de dársela!